Antes de decidir en qué casa íbamos a vivir, recorrimos algunas con mi esposo. Una de las cosas que buscábamos era seguridad y, por ende, el barrio debía estar habitado.
Sin embargo, terminamos escogiendo una casa que, en un principio, se veía muy solitaria: estaba en un barrio con bastante vegetación, sin demasiadas construcciones. Teníamos a la vista solo dos o tres vecinos que parecían mayores; no se veían niños ni mascotas, y el supermercado más cercano estaba recién saliendo a la ruta principal. Ni hablemos de alguna emergencia: no había farmacias cerca, e incluso algunas calles todavía eran de arena, al punto que Google Maps no las identificaba por completo… Aun así, sentimos que ese era el lugar que Dios había preparado para nosotros en este tiempo.
Cuando nos mudamos, declarábamos con fe que este lugar iba a empezar a ser transformado, y grande fue nuestra sorpresa cuando, en cuestión de semanas, ya habían iniciado tres construcciones al lado. Día a día, yendo y viniendo, notábamos que los asfaltos de nuestra zona comenzaban a arreglarse y los caminos por los que pasábamos ya tenían señalizaciones. No pasaron muchos meses, hasta que tuvimos más casas construidas alrededor y nuevos vecinos: familias enteras con niños.
De repente, la manzana empezó a llenarse de perros y gatos. Pronto, vimos proyectos de más casas en torno a la nuestra y nos maravillamos de lo que Dios estaba haciendo. Pero eso no es todo: comenzaron a hacerse obras de empedrado nuevo y, en menos tiempo del que puedan imaginar, se inauguró un supermercado y una farmacia justo frente a nuestros ojos. ¡Todavía sigo sorprendida!
Porque aunque puede parecer un detalle pequeño, habíamos conocido ese lugar cuando casi parecía un desierto, y una vez que lo entregamos al Señor, supimos que Él empezaría a edificar todo a nuestro alrededor. En medio de esta historia, nos dimos cuenta de que el lugar que elegimos no era solo una casa, sino un lienzo en blanco que Dios estaba esperando para pintar con su gracia y providencia. Con cada paso que dimos, cada oración que elevamos, sentimos como el entorno comenzó a transformarse a nuestro alrededor. Era como si cada ladrillo que se colocaba en una construcción cercana resonara con el eco de nuestras oraciones. Las calles que antes parecían perdidas en la arena, ahora nos llevaban a una realidad nueva, llena de oportunidades y bendiciones inesperadas.
Lo mismo debería ocurrir en nuestra vida espiritual y en todo lo que hagamos. Cuando estamos con Cristo, sin importar donde estemos, algo nuevo debe suceder, algo debe cambiar. La pregunta que quiero hacerte hoy es: ¿Cuánto está creciendo a tu alrededor? ¿A cuántos está bendiciendo en el lugar en el que te encuentras? Quizás no estés conforme con tu situación actual, pero permítame recordarte que Dios puede transformar un paisaje frío y seco en un jardín lleno de hermosas flores. Al igual que en el plano físico, en nuestra vida espiritual también podemos confiar en que Dios está obrando constantemente para transformar nuestro entorno. Así como aquella casa solitaria se llenó de vida, nosotros también podemos ser agentes de cambio, portadores de esperanza y amor dondequiera que estemos. El lugar donde estamos plantados puede florecer con el cuidado de Dios y nuestras acciones llenas de fe.